Conocimos a Frank Fernández a través de Lily Litvak en los años noventa del pasado siglo. Le preguntaba el compañero cubano a la autora de Musa libertaria por una editorial española que pudiera publicar su texto El anarquismo en Cuba, y Lily le dio la dirección de la Fundación Anselmo Lorenzo. Nos remitió el manuscrito a la FAL y empezó el lento y largo proceso que es para una pequeña y modesta editorial publicar una obra ‒Enrique, Miguel Ángel, Alicia, Manuel Carlos e Ignacio la dejaron lista‒. Salió impresa en la colección Cuadernos Libertarios en el año 2000, con un prefacio de Litvak y un prólogo de Francisco Olaya. El texto trata de rescatar del olvido a hombres y mujeres anónimos que lucharon por la libertad y la justicia social.
Descendiente de una familia española, nació en Cuba en 1932. Su vida transcurre relativamente cómoda, por los negocios que mantienen. La Revolución cubana truncó su destino; sale de la Isla y se establece en Miami. Es aquí, en Estados Unidos, donde empieza a conocer el anarquismo y a vincularse al mundo de las ideas libertarias. Escribió mucho en la revista Guángara libertaria y fue un miembro muy activo del Movimiento Libertario Cubano en el Exilio.
Durante su visita a España para presentar el libro, una vez editado, recorrió la Península de un extremo a otro, con sus correspondientes debates; algunos agrios, e incomprendido su mensaje por ciertos grupos de izquierda. Para estos, criticar a Castro solo podía hacerse desde una posición capitalista y de derechas, ignorando que existen planteamientos más avanzados y liberadores. Aunque el ojo humano únicamente aprecie unos cuantos colores del arco iris, eso no quiere decir que no existan más; no se ven, pero están.
El valor de Frank Fernández fue el de defender la libertad y la justicia social frente a cualquier tirano, fuera del signo que fuera. Y se lo advirtieron, no está bien visto criticar a las dictaduras de izquierda. Esta actitud también la tuvieron otros compañeros antes que él. Cuando Ángel Pestaña regresó de su viaje a Rusia no defendió la revolución que acababa de triunfar y se atrevió a decir que lo que acontecía en el país de Tolstoi, Kropotkin y Bakunin era un cambio de tirano. El tiempo le dio la razón. También Albert Camus sufrió las embestidas subsiguientes por apoyar a los perseguidos del estalinismo enfrentándose a Sartre. No es fácil atreverse a denunciar a los nuevos opresores.
Durante su estancia en Madrid sucedieron una serie de anécdotas, alguna de las cuales nombramos aquí, para dar a conocer su personalidad, algo de su vida y de la situación en Cuba.

En el transcurso de las variadas conversaciones que tuvimos, pudimos apreciar que era un hombre afable, dialogante, transigente, respetuoso, irónico, y que no se callaba si tenía que decir algo, siempre con educación. Un primer y pequeño incidente surgió antes de conocernos personalmente. Al corregir las galeradas del libro vimos que, según entendíamos, alguna palabra no tenía el significado que le atribuía. Se lo hicimos saber en una carta. Nos contestó muy amablemente adjuntando fotocopia del diccionario de la RAE en la que nos resaltaba la acepción que le daba al vocablo, que era correcta, y que nosotros habíamos interpretado como un americanismo que los lectores españoles no entenderían.
Era alto y corpulento; un problema para poder dormir en una cama de un metro ochenta, que era la que teníamos para los compañeros invitados. Fumaba puros, le gustaba beber y le encantaba platicar. Esto último nos unió mucho. Comía bien, sin poner pegas a lo que se le ofrecía. En una ocasión nos preguntó si sabíamos hacer sopa castellana, de la que había oído hablar de forma elogiosa; el plato quedó en su supremo punto organoléptico y fue tema de halago para la compañera que se había esmerado en conseguir los mejores ingredientes y los había cocinado.
Durante un paseo familiar, siendo Frank adolescente, comentó lo que veía en un parque: «Mira, unos negritos jugando a la pelota». Un señor que estaba próximo, y escuchó el comentario, matizó: «No, no son unos negritos jugando a la pelota, son unos niños jugando a la pelota». Se sorprendió, pero captó el matiz. Lo recordaba como la primera lección que recibió sobre racismo interiorizado.

El libro se presentó en el Ateneo de Madrid. Para difundir el evento se enviaban notas a la prensa con el fin de que se incluyera en la sección de convocatorias y la intención de que tuviera eco. Días después se presentó en la sede de la Fundación un señor cubano preguntando por Frank Fernández; vio la convocatoria de la presentación del libro y deseaba hablar con el autor. En esos momentos estaba en la gira peninsular. El señor, del que no recordamos su nombre, nos contó el motivo por el que deseaba conocerle. Era sociólogo y tenía escrito un ensayo sobre Tarrida del Mármol y la sociología cuántica (no sabíamos qué era eso, aunque habíamos oído hablar de la física cuántica). Su historia personal muestra lo que era la vida en el país caribeño. Nos dio a conocer su situación. Parece que trabajaba como investigador en la universidad cubana y tuvo referencias de Tarrida del Mármol. Se interesó por sus textos y quiso conocerlos mejor. Ahí empezaron los problemas. El Régimen no permitía que pasaran de ciertos límites. Le comentamos que había compañeros que habían estado en La Habana consultando archivos históricos y no les habían puesto ningún inconveniente. Nos decía que las restricciones eran para los cubanos, no para los extranjeros. Siguió en su empeño de investigación y le despidieron. Para poder vivir, se puso a trabajar de relojero ‒el Sistema ya permitía ciertas actividades económicas individuales, privadas‒, y así poder mantener a su familia. Un día le llegó una invitación para dar una conferencia en la Universidad de Salamanca, pero las autoridades no le permitieron salir del país. Tiempo después le volvieron a invitar, y entonces sí consiguió autorización. Tras aterrizar en Barajas solicitó asilo político. Le acogieron en la Cruz Roja a la espera de la resolución de la solicitud. En esos momentos fue cuando le conocimos. Días después, cuando Frank regresó de la gira de la presentación del libro, habló con él sobre la posibilidad de que fuera acogido en EE. UU. si le rechazaban en España el estatuto de refugiado político. Como necesitaba recursos económicos, nos ofreció el ensayo sobre Tarrida para publicarlo, pero la FAL no pagaba por ello; ni los manuscritos ni los derechos de autor, todo se hace voluntariamente para difundir las ideas. No era anarquista, tampoco un hombre de derechas, pero el castrismo no le permitía indagar libremente en los archivos para ampliar conocimientos.
Previo al libro que publicamos, fruto de una investigación anterior fue La sangre de Santa Águeda, en la que aborda el contexto que llevó a Angiolillo a asesinar a Cánovas, máximo responsable de las torturas del proceso de Montjuic. Aprovechó su viaje a España para acercarse a conocer el escenario de los hechos. Al acceder al edificio del balneario, su primera sorpresa fue ver unas escaleras de madera que él describe en el libro como de lujoso mármol. Le preocupó y lo anotó para corregir en futuras ediciones.
Se criticaba a los exiliados anarquistas cubanos que se fueran a Florida, donde también se refugiaron los hacendados de la época del dictador Batista. Por su cercanía geográfica y clima, era también el lugar donde se asentaban los anarquistas perseguidos que se habían enfrentado a tiranos cubanos anteriores.
Ha muerto sin regresar a su Cuba querida y en un país donde justo ahora grupos de sicarios, orquestados por la Casa Blanca, dirigida por un criminal melómano, salen a la caza del migrante y asesinan impunemente. Como nos recordaba Frank en una cita de José Martí: «Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan». Seguimos adelante, compañero, siendo conscientes de que «este camino es de muchísimas leguas».
Salud.
Texto escrito por compañeros de la FAL, durante los años 1992 a 2005.




