Clericalismo y fascismo. Horda de embrutecedores.
María Lacerda de Moura
Prólogo de Juan Lazarte. Librería Ruiz. Rosario (Argentina): 1936
Entre los tesoros de la Fundación se encuentra este libro del que se me encarga la reseña y agradezco como un regalo. Se trata de una obra escrita en 1934 por María Lacerda de Moura, anarquista brasileña, de la que contamos con esta edición en español de 1936 realizada en Rosario (Argentina) donde se analiza el fascismo mussoliniano con una claridad asombrosa. La traducción corrió a cargo de Clotilde Bula y la llamativa portada fue obra de Julio Vanzo. En esa época, conviene recordarlo, algunas potencias como EEUU mantenían relaciones comerciales fluidas con Italia y mucha prensa internacional de prestigio elogiaba su autoridad. Con la misma contundencia, aunque de forma más breve, la autora señala la complicidad de la Iglesia Católica con el fascismo.
Nacida en una hacienda cercana al municipio de Manhuaçu, en Minas Gerais (Brasil), a finales del siglo XIX, María se vio influenciada por figuras como Ferrer Guardia, con sus ideas pedagógicas y anticlericales. Fue una prolífica escritora en medios anarquistas de varios países del cono sur, así como españoles (La Revista Blanca, por ejemplo), abordando muchas facetas del feminismo como la educación sexual de las jóvenes, el divorcio, el aborto, la prostitución, etc. Tampoco descuidó los movimientos sindicales de su época y formó parte en Guarema (de 1928 a 1937), de una comuna anarquista junto a otros pensadores y exiliados.
Teniendo el contexto, lo primero que se debe reconocer es la inteligencia de la autora al comenzar señalando que «son los intelectuales los responsables». Aquellos llamados
“superelefantes” forjaron la conciencia de cientos de miles de jóvenes a lo largo de décadas para participar posteriormente con entusiasmo en la carnicería de los campos de batalla de medio mundo, a mayor gloria del poder de unos pocos que nunca se manchan las manos de sangre. D’Annunzio, Papini, Marinetti, etc., vinieron a inflamar de nacionalismo y violencia cruel los corazones, al mismo tiempo que vaciaban las cabezas. Todo para la emoción, nada para la razón, eso sí, sin desdeñar, como se cita en el libro, «la influencia de los cheques en la meninge de un hombre de genio».
La importancia que tiene el ensayo de Moura se advierte constantemente porque describe conductas de control de masas terriblemente parecidas a las que vemos hoy en día en la ultraderecha internacional. Sin pretender igualar posiciones políticas actuales al fascismo de la época (sobre todo en sus objetivos bélicos sin parangón histórico), sí es fácil convenir que frases de Mussolini como «la masa no debe saber sino creer», son seguidas como un mantra por los actuales “think tanks” más reaccionarios.
María también señala, además de la obstaculización del pensamiento, otra característica de la Italia de la época que nos sonará familiar: la recuperación desde el pasado imperial romano de aquella «necesidad de disfrutar con el sufrimiento ajeno». Todas y cada una de las propuestas políticas de los nostálgicos del franquismo o de cualquier otra dictadura fascista, están cargadas de una insensibilidad que linda con el goce por la situación de los más desfavorecidos como chivo expiatorio en este orden social: trabajadores, mujeres, migrantes, personas con diferentes manifestaciones de la sexualidad, etc.
Una pregunta fundamental en casi todo suele ser ¿por qué?, y la autora no decepciona: «[el fascismo] es una organización burguesa contra la evolución. Es instinto de defensa en la lucha de clases y privilegios» y en aquel momento se sintieron amenazados. Con ello nos indica quién alimenta esas ideas y sus organizaciones, señalando una buena pista para que ajustemos nuestro grado de preocupación ante su desarrollo. Si sus propiedades y privilegios se ven realmente amenazados, su salida siempre será la violencia de los escuadristas sin duda alguna.
También se comenta en el libro la coincidencia absoluta entre Roma y la Santa Sede en lo que respecta a las políticas de natalidad. Aunque se pueden matizar las posiciones de la autora respecto a su apoyo a las teorías de Malthus y sus seguidores, tiene muy claro que tanto Mussolini como Pío XI están promoviendo crear la carne de cañón que será destrozada en los frentes de guerra, como decíamos anteriormente, a mayor gloria del Imperio y la evangelización.
A pesar del título, el espacio dedicado a hablar del clero es bastante reducido, pero desde luego suficiente para dejar claro el comportamiento de la Iglesia y la postura de confrontación que todo antifascista debería tener. En primer lugar denuncia un silencio cómplice del Papa mientras los camisas negras incendian la Cámara del Trabajo, saquean los domicilios, asesinan directamente o condenan a muerte a los antifascistas, etc. Y decimos silencio siendo generosos, porque en medio de todas las crueldades y crímenes abominables perpetrados en Italia, el Papa, los cardenales e incluso Sebastián Leme (cardenal y arzobispo de Río de Janeiro), calificaban a Mussolini como «el hombre de la Providencia». Hay que recordar que fue él quien les facilitó el Estado que hoy conocemos como Santa Sede después de que las tropas de Garibaldi desarticularan los Estados Pontificios. Pero María también señala colaboraciones más allá de los aplausos o los silencios, como la de Tacchi Venturi, jefe de los jesuitas, siendo «la persona encargada de dirigir y coordenar [sic] el método de torturar en las prisiones».
Esta colaboración estrecha y entusiasta con los regímenes fascistas de la época ha sido contestada a posteriori con toneladas de propaganda para lavar la imagen de la Iglesia en el ejercicio más cínico de revisionismo histórico que se ha visto jamás. Era infinitamente más probable que las monjas hubiesen entregado a los Von Trapp a las autoridades nazis que lo que nos cuentan en Sonrisas y lágrimas, y María ya lo advertía en 1934: «las protestas individuales de aquí y de allí, por parte del clero secular nada tienen que ver con el sistema coordenado y premeditado por el alto clero jesuita […]». Y sentencia contra quienes le compraron el discurso revisionista lo siguiente: «la política de ciertos antifascistas elogiando la actitud de la Iglesia contra Mussolini es política oportunista. Unirse al Papa, aceptar su adhesión tardía, es política de arrivistas. Los verdaderos revolucionarios repudian tales procedimientos […] es tarde para que Pío XI proteste contra el fascismo« » . Si fuese un rapero de hoy, habría dejado caer el micrófono.
En definitiva, el libro de María Lacerda de Moura no solo tiene un valor en cuanto objeto histórico por su antigüedad, sino que su contenido es ampliamente vigente para la lucha que nos empeñamos en continuar desde el anarquismo. Como ella misma dice, «nosotros somos el puente entre las dos épocas, entre dos civilizaciones que combaten, en lucha a muerte, entre el Principio de Libertad y el Principio de Autoridad».
Julio Reyero
Clericalismo y fascismo. [¡]Horda de embrutecedores!, María Lacerda de Moura. Prólogo de Juan Lazarte. Librería Ruiz. Rosario (Argentina): 1936. Archivo Fundación Anselmo Lorenzo.