Reseñas

Pierre-Joseph Proudhon. Federalismo y mutualismo anarquistas

Florentino Iglesias

Florentino Iglesias nació en Salamanca en 1947, en Ciudad Rodrigo, su familia emigró a Francia, en 1958, cuando él contaba once años. Estudió enseñanza primaria y luego formación profesional en hostelería en Mulhouse, Alsacia. Sus primeros trabajos estuvieron relacionados con su especialidad, al principio en Francia y más tarde en Suiza. En Basilea su puesto de trabajo se encontraba cerca de una librería especializada en historia cuyo escaparate observaba con curiosidad y admiración siempre que pasaba delante de él. En esa librería conoció a Heinrich Koechlin —escritor y militante anarquista— con el que trabó amistad. Esa relación le permitió contactar con libertarios españoles que formaban parte de un grupo de Basilea. A partir de ese momento su proceso de inmersión ideológica fue intenso y frecuentó otros militantes ácratas como Ramón Álvarez (CNT), Louis Lecoin o Gaston Leval. Antes de unirse al grupo de Leval, participó en el grupo anarquista del distrito 18 liderado por Maurice Joyeux y su compañera Suzy Chevet. Pero finalmente, donde se encontró más cómodo fue en el grupo de Gastón Leval, que según su apreciación estaba compuesto por personas muy preparadas. En ese tiempo recuperó el contacto con Julián Gorkin a quien había conocido años atrás. En 1968 participó en los acontecimientos de mayo en París. Siete años después, en 1975, regresó a España e intervino en la reconstrucción de la CNT. Se puede decir que sus fuentes de formación política e intelectual han sido amplias y le han llevado a estudiar las más variadas disciplinas. Con el paso del tiempo y su profundización en la cultura anarquista, nació su pasión por la obra de Pierre-Joseph Proudhon de la que surge el texto que se reseña.

Este libro hace un recorrido exhaustivo por la obra de Proudhon. Comienza con un análisis de la revolución de 1848 y sigue con otros temas relevantes, como su antagonismo con Marx, su crítica al Estado y al principio de autoridad; también examina su pensamiento económico, hace énfasis en la lacra social que supone la “propiedad privada” e indaga en las connotaciones del vocablo “Anarquía” y sobre la teoría del contrato social, la organización mutualista, los fundamentos del federalismo, la justicia, el derecho, la religión y la revolución como desarrollo progresivo.

Según describe Iglesias, para Proudhon la Revolución de 1848 fue un suceso trascendental que no sólo marcó muchas de sus reflexiones posteriores sino que le dio a conocer entre la clase obrera. Para él la revolución no se podía producir de manera improvisada o precipitada. En el periódico que editaba, Le Peuple, explicó su programa y acusó a la izquierda de “infantilismo revolucionario”. Esa revolución fue importante porque la clase trabajadora, por primera vez, reivindicó una “reorganización de la sociedad, el derecho al trabajo y la justicia social”. En ese momento la organización obrera se basaba en sociedades de socorro mutuo; es a partir de este punto histórico donde se van a sentar las bases del “sindicalismo moderno”. Durante la Revolución del 48 el autor francés rechazó cualquier solución política “viendo en ella una fuente de alienación”. Proudhon se preguntaba entonces: “¿Quién debe gestionar la economía?”. En dicha revolución las fuerzas participantes eran tres, la clase trabajadora y la burguesía grande y pequeña, y al respecto dijo: “[…] Nosotros queremos que sean las asociaciones el primer núcleo de una vasta federación de compañías y de sociedades, que creen la república democrática y social. […] No queremos ni gobierno del hombre por el hombre ni la explotación del hombre por el hombre”. Proudhon propuso la creación de un Banco del Pueblo. En su folleto Solución del problema social, resumió sus ideas económicas. Consideraba que una revolución desde arriba sería antirrevolucionaria. A pesar de que parecía tener claro lo poco que se podía conseguir desde las instituciones, se presentó a las elecciones y fue elegido. “El 31 de julio, por fin, Proudhon expone su proyecto de ley ante una Asamblea recelosa y agitada”, apunta Iglesias. Desde luego, su iniciativa no fue apoyada y en un escrito posterior dijo: “Desde que puse los pies en el Sinaí parlamentario, dejé de estar en contacto con las masas”. A raíz de esta experiencia sólo tuvo una preocupación: “Atraer la atención de la clase obrera sobre los problemas económicos y desviarla de toda política puramente parlamentaria, orientando su organización hacia las asociaciones, la garantía del trabajo y del crédito”.

Sobre la relación entre Proudhon y Marx, Iglesias realiza una gran revisión sobre lo que se ha escrito sobre la misma, sus puntos en común y sus divergencias. Ha pasado a la historia el texto publicado por Marx Miseria de la filosofía, en contraposición a las Contradicciones económicas. Filosofía de la miseria de Proudhon. Unos meses antes de publicar este último texto, Marx alababa al francés, después lo atacó sin piedad, acusándole de pequeño burgués, idealista, místico y moralista. Iglesias documenta el debate y destaca que Proudhon mantenía “la primacía del hombre sobre la producción” y Marx postulaba que la justicia estaba “en cierta forma subordinada a la producción económica”. Después de leer Miseria de la filosofía Proudhon hizo un comentario memorable: “El verdadero sentido de la obra de Marx es que deplora que yo haya pensado como él, y que lo haya dicho antes que él. El lector no tiene más que pensar que es Marx el que después de haberme leído, deplora pensar como yo. ¡Qué hombre!” Según Iglesias, “Marx necesitaba reinar solo, no podía soportar a nadie que le hiciese sombra”, y añade que “la originalidad de Proudhon reside en ser obrero y pensador […] Karl Marx, al contrario que Proudhon es un burgués, hombre autoritario, frío y metódico cotejador de documentos, manifestando en ocasiones un cierto desprecio por el arte y los individuos”. Esta disputa impregnó más tarde a Bakunin, lo que condujo en definitiva “a la desintegración de la Primera Internacional en 1876”.

El libro continúa analizando el Estado, y nuestro autor dice: “Estado significa, por una parte, el órgano de administración de una sociedad organizada, en este sentido todos somos miembros del Estado. Por otra, Estado es el aparato que gobierna a la sociedad, como hecho dominador; los miembros del Estado son los que participan del poder […] el Estado son ellos”. Proudhon cuestiona la legitimación de este poder ya que significa el “monopolio exclusivo y legítimo del uso de la fuerza”. Para él, el Estado sería una “caricatura de la sociedad”, y agrega que “el pretendido ‘interés general’ representado por el Estado en su totalidad sólo sería aplicable al interés del grupo que constituye el núcleo de poder del Estado, quedando circunscrito y limitado jurídicamente a los intereses de dicho grupo”.

El poder no parte de la sociedad, “el poder es por naturaleza extraño al derecho: es el de la fuerza”, y sigue Proudhon, “el error de todo principio autoritario consiste en creer que el gobierno es la causa del orden cuando en realidad sólo es una especie de orden y no el mejor” ―no creía en absoluto que el pueblo poseyera alguna soberanía si sólo se limitaba a votar cada cierto tiempo― y sigue: “La justicia está subordinada a la razón de Estado: el Estado no es el resultado de un contrato que emana de los ciudadanos y obligue los unos a los otros, resulta de la relación de subordinación expresada por estos dos términos, la Autoridad y el sujeto que obedece”. Según Proudhon el principio de autoridad posee un papel fundamental en la historia de la humanidad: “[…] ni la idea de la autoridad ni la concepción de una divinidad tienen cabida en los dominios de la ciencia exacta, sino en los de la fe […] todos los partidos sin excepción, en tanto que afecta al poder, son variedades del absolutismo y no habrá libertad para el ciudadano, orden para las sociedades, unión entre los trabajadores, más que cuando se renuncie a la autoridad y sea reemplazada en el catecismo político la fe en la autoridad”.

“Ser gobernado es verse en cada operación, en cada transacción, en cada movimiento, observado, registrado, empadronado, tarifado, timbrado, evaluado, tasado, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, amonestado impedido, reformado”. (Proudhon).

Florentino Iglesias afirma que Proudhon confiaba en que la revolución modificaría las relaciones autoritarias pero que mientras llegaba ese momento, la clase trabajadora debía construir una serie de asociaciones y cooperativas para “contrarrestar y limitar su influencia”. Sobre el sufragio universal era contundente: “cinco minutos de voto por cinco años de silencio […] los sistemas electorales son máquinas de producir mentiras […] la democracia se manifiesta impotente para resolver el problema social, reduciéndose a una toma del poder y a cuidar celosamente de los intereses de la burguesía”.

El pensamiento económico de Proudhon es muy original y extenso. Iglesias revisa con minuciosidad los conceptos sobre los que el francés escribió: el papel de la ciencia económica, la teoría del valor, la división del trabajo, el concepto de trabajo, capital y salariado, la teoría de la fuerza colectiva, entre otros temas. El autor dice que la idea de Proudhon era instaurar el socialismo y la igualdad económica, hacer de la solidaridad el principio moral de la nueva sociedad; para lograrlo examinó los mecanismos que según él regían la economía. Consideraba que era el trabajo el “generador de la ciencia económica”. Sobre la teoría del valor dijo: “El valor indica una relación esencialmente social, pudiendo decirse que sólo por el cambio, como por una especie de vuelta de la sociedad a la naturaleza, hemos adquirido la noción de lo útil”.

 

Iglesias hace énfasis en el hecho de que Marx fundamentó su definición de la plusvalía “sobre la teoría del valor”; Proudhon, veinte años antes “la funda sobre su teoría del valor constituido”. Para el francés “el trabajo es la manifestación más elevada de la vida, de la inteligencia y de la libertad. El trabajo desarrolla la inteligencia. Fuera del trabajo no puede haber moralidad ni afirmación de la personalidad […] Todo lo que poseemos, todo lo que sabemos, proviene del trabajo; toda ciencia, todo arte, al igual que toda riqueza se la debemos a él”, y continúa: “El revolucionario siempre confía en que el trabajo degradante, mecanizado y alienante desaparezca tarde o temprano. El hombre trabaja porque está en su esencia afirmar su dominación sobre la materia para satisfacer sus propias necesidades”. No obstante, Proudhon desconfía del progreso y apunta: “la máquina […] en el actual sistema de economía social, es a la vez fuente de riqueza y una causa permanente de miseria”.

 

La obra por la que es más conocido Proudhon es ¿Qué es la propiedad? (1840), en ella analiza las “deficiencias del derecho y del poder”, y establece una diferencia fundamental entre “propiedad” y “posesión”. Para él “el derecho de propiedad es el monopolio, el derecho de usar y de abusar”; el derecho de posesión significa sólo disponer de la propiedad. A la propiedad la califica como un robo. La propiedad lo determina todo, la economía, la política, la administración, la religión: “La propiedad es el derecho que tiene el hombre de disponer de la manera más absoluta de unos bienes sociales”. En conclusión, posicionarnos a favor de la libertad y la igualdad, supone estar en contra de la propiedad.

 

Cambiando de tema, fue Proudhon quien utilizó por primera vez la palabra “anarquía”. Se declara anarquista precisamente en ¿Qué es la propiedad? Para él la palabra significa: “ausencia de amos, de soberanos […] La libertad es anarquía porque no admite el gobierno, sino sólo la autoridad de la ley, es decir, la necesidad”.

 

Más adelante Florentino Iglesias en el capítulo “De la anarquía al federalismo”, nos explica que el federalismo de Proudhon transfiere la idea mutualista al orden político. Y dice que hay dos tipos de federalismo, uno político y otro económico. La clave del progreso social se encuentra en descentralizar el Estado hasta tal extremo que quede reducido a una simple función administrativa. El federalismo político tiene como objetivo una “descentralización en provecho de las localidades, municipios, regiones o estados miembros, repartiendo las competencias siempre de acuerdo con lo que determine la construcción”. El federalismo económico, por supuesto, es una concepción ascendente. En términos generales, es un principio general de organización social. En lo que se refiere a la revolución social dice que en ésta la noción de autoridad queda sustituida por la de contrato. Dicho contrato social debe “aumentar a cada ciudadano su bienestar y su libertad”.

 

El libro habla además de “la organización mutualista”, e incide en la necesidad de que cada trabajador, partiendo de su función, pueda siempre adquirir el “grado de instrucción necesaria para disfrutar de los descubrimientos de sus compañeros”. De este modo la alienación en el trabajo queda desterrada. Y sigue: “Las compañías obreras serán las auténticas propietarias de las empresas, pero la colectividad deberá ejercer un cierto control sobre la gestión y sus resultados deben tener un carácter público”. Proudhon piensa que el trabajador debe desarrollar y ampliar sus conocimientos y “adquirir una cultura ‘enciclopédica’”. Cuando habla de mutualismo nos está describiendo una asociación de hombres libres. Si el mutualismo es la base de la organización del trabajo, necesita de un organismo coordinador para relacionarse entre las empresas e incluso a nivel internacional. Esta organización la proporciona el federalismo. El principio federativo acaba con las jerarquías en las relaciones sociales, reemplazándolas por el “principio de reciprocidad entre sus miembros”.

 

Podríamos seguir recorriendo, aunque fuera de manera sintética, el amplio y minucioso estudio que realiza Florentino Iglesias sobre la magna obra de Proudhon. No obstante, ponemos punto y final a esta reseña, apuntando que todavía quedan más temas en el tintero ―justicia y derecho; dialéctica, poder y libertad; sobre la religión, su papel histórico y su simbolismo; sobe la dignidad humana y el absolutismo y sobre el ateísmo, entre otros―, temas que el paciente lector o lectora deberá desentrañar con mucha atención y lápiz y papel, pues lo dicho hasta ahora, más lo que queda, induce a una reflexión colectiva que tal vez sea la base de la andadura teórica ácrata hasta nuestros días.

ÁNGEL E. LEJARRIAGA