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Panorama actual

La oleada de unilateralidad que, con epicentro en el 11 de septiembre, está barriendo el planeta con las políticas de fuerza impuestas por el imperialismo norteamericano en supuesta lucha antiterrorista, que no es sino la lucha por implantar a sangre y fuego el neoliberalismo rampante que asola la humanidad, imponiendo su supremacía económica y sobre todo militar, con la arrogancia de sentirse dispensados de tomar en consideración la opinión de otros Estados y la opinión pública mundial.

Estados Unidos en su actitud imperial obvia totalmente que la mayoría de los problemas que afronta son provocados por su política de expoliación a los pueblos menos desarrollados del mundo, a la explotación de la clase trabajadora y a la miseria de millones de seres humanos.

Esta situación a la que nos enfrentamos se hubiera producido con o sin los atentados en USA, debido a la expansión del capitalismo moderno, mal llamado globalización, por la necesidad de las grandes empresas multinacionales de controlar recursos, economías y mercados en el ámbito mundial.

Desde la caída del muro de Berlín, USA y Europa han estado dispuestas a intervenir allí donde se cuestionara su hegemonía, ya fuera militarmente o a través de sus instrumentos como el FMI, el Banco Mundial, la OMC, o cualquiera de las organizaciones internacionales de las cuales dispone.

Una diferencia a partir del 11 de septiembre es que la unilateralidad de la política norteamericana ha colocado a la UE y al resto de Europa, Rusia incluida, en el rol de protectorados de los EE.UU. Es perfectamente clarificador la exclusión de la UE y la OTAN en la guerra declarada a Afganistán; y su papel de meros espectadores, sin capacidad de liderazgo alguno, en la atroz guerra de exterminio del Estado de Israel contra el pueblo palestino.

La globalización, término acuñado por los teóricos del Neoliberalismo para evitar las connotaciones negativas del término, es la ideología dominante. Los centros de poder tradicionales, Estados nacionales, tienen cada vez menos importancia en la toma de decisiones que importa a los ciudadanos, sino que cada vez más, ésta, se toman en los despachos de las multinacionales.

Por tanto, no debemos entender tan sólo la globalización como un gran proceso de intercambio internacional, sino como el fundamento del capitalismo moderno, que concibe al mercado como el centro de la actividad económica, que no debe estar sujeto a control alguno, incluyendo al Estado, para dejar actuar libremente a la oferta y a la demanda. Lo cual no es sino una falacia, considerando que los países ricos mantienen severas medidas protectoras (véase agricultura, acero y otras) y altos aranceles para acceder a sus mercados, gravosos para los países menos desarrollados. Sin embargo exigen que el sur, pobre elimine toda barrera para los productos de las potencias del norte.

La plusvalía sigue siendo la gran motivación del capitalismo para su expansión en el mundo, aun cuando esta palabra esté borrada de la «corrección actual del lenguaje», hablándose de beneficios, ganancias, cuenta de resultados, etc., no teniendo en cuenta, por ser una cosa del pasado, que el valor de una mercancía se le da el valor de trabajo asalariado, generado y no remunerado. No es posible comprender la economía actual soslayando este principio.

Estamos viviendo un proceso acelerado en el ámbito mundial de fenómenos como la desregulación laboral, recortes en los derechos de los trabajadores, estancamiento o retroceso de los salarios, avance patronal, flexibilización laboral que apunta a la sumisión del mundo del trabajo al capital. Resurge con fuerza el desempleo, no atribuible al cambio tecnológico, sino como mecanismo de precarización de las condiciones laborales. Mediante la ampliación del ejército de reserva, se intenta consumar la reorganización capitalista del proceso de trabajo.

La pobreza aumenta en todas las regiones del planeta y en los países ricos se intenta desmontar el llamado estado de bienestar. Salud, educación, seguridad social, están en la mira de los poderosos. Estas conquistas de generaciones del pueblo trabajador, hoy no son rentables.

Las multinacionales, cada vez más, deslocalizan sus centros de producción en países o regiones que ofrecen salarios cada vez más competitivos para la realización de actividades equivalentes.

Toda esta ofensiva precarizadora demuestra que el costo salarial continúa, cada vez más, siendo un referente central en la ganancia de los capitalistas.

Esta situación ha llevado a un agravamiento del desarrollo desigual entre los distintos países. La brecha que separa los países ricos de los pobres se triplica entre 1965 y el 2000. Los efectos sociales saltan a la vista con los datos sobre pauperización, desnutrición, analfabetismo, trabajo infantil o epidemias.
Este sometimiento de las economías periféricas, que deforman y bloquean el desarrollo de las mismas, no es sino una exigencia para las necesidades de acumulación del gran capital.

En este contexto, EE.UU. es el gendarme que interviene militarmente cada vez que es necesario para los intereses globales de las grandes empresas. Y al mismo tiempo esta política ha llevado a la instalación de bases militares permanentes en diversos puntos del planeta para asegurar con ello la pervivencia del sistema.

En el plano de la ideología se libra también una batalla en que los teóricos del modelo económico dominante descalifican cualquier idea no afín. Se niega que las clases sociales existan y corporizan intereses inmediatos e históricos opuestos. La propaganda a través de los medios, especialmente la televisión, no busca sino el declive de la actitud militante y contestataria de los trabajadores. La atonía ciudadana es lo que esperan de nosotros.

La actitud contestataria de los movimientos ciudadanos surgida en los últimos años, frente a este pensamiento único dominante, al margen de partidos políticos y de los organismos tradicionales de los trabajadores, es demonizada, y equiparada a las acciones terroristas, con el objeto de desligitimar las reivindicaciones, por lo demás justas y necesarias para el despertar de nuestra sociedad cada vez más desmovilizada.

Es por eso por lo que debemos tener esperanzas, que de la lucha ciudadana contra el neoliberalismo surja una izquierda renovada, militante, conocedora de los graves errores del pasado, solidaria, internacionalista, dispuesta a luchar.

Manuel

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