Las privatizaciones y la madre que las parió
En el año
2000 el número de muertes en accidentes laborales en la Comunidad
de madrileña fue de 163. En el 2001 subió a 196. En lo
que va de año 2002 ya son 49. En marzo pasado, el Gobierno regional
cerró una ETT por ceder un obrero para un puesto de riesgo, en
el que otro había muerto anteriormente al caer desde una altura
de 25 metros.
«Andamios
mal montados, sin barandillas, instalados a escasos metros de líneas
eléctricas...; hay tantas infracciones en las obras, en la construcción,
que ponen la piel de gallina», decía a El País el
Fiscal de Delitos Laborales del Tribunal Superior de Madrid el pasado
8 de este mes de abril. «En Madrid, antes, sólo se perseguían
las infracciones con resultado de lesiones o muerte; ahora hemos conseguido
que se incoen diligencias judiciales por delito por el mero hecho de
poner en peligro la seguridad de los trabajadores, aunque no haya ningún
resultado lesivo. Y las penas van de tres a cuatro años de cárcel.
Que no suelan ir a prisión estos empresarios se debe a que existe
remisión condicional de la pena. Pero ya estamos detectando reiteraciones,
y entonces no hay remisión que valga: a la cárcel [...]».
Desde unos
meses atrás se puede ver en las pantallas de los cines una excelente
película del inglés Ken Loach: La cuadrilla. Nos presenta
la situación de unos obreros ferroviarios a la llegada de las
medidas privatizadoras de Margaret Thatcher a los trenes ingleses. Los
salarios modestos, las pequeñas picardías a la hora de
fichar la entrada o salida del trabajo, el tiempo libre para disfrutarlo...
van siendo engullidos con rapidez por la nueva situación, la
nueva filosofía: la productividad. Lo importante, lo único
importante, es que se produzca más, que las empresas obtengan
unos saneados, saneadísimos, beneficios económicos.
Al trabajador
se le ofrecen unos salarios atractivos, bastante más sustanciosos
que los del antiguo régimen. ¿A cambio de qué?
A cambio de la pérdida de las viejas conquistas sindicales, tan
arduamente arrancadas a los patronos en las luchas que han durado decenios:
horarios estables, vacaciones pagadas, seguridad social... El trabajador
tiene que ganar cada día su pan y la posibilidad de seguir trabajando:
la película concluye como no es difícil imaginar.
¿Qué
significan las privatizaciones de servicios públicos? Así,
a botepronto, puede concluirse que suponen poner en manos de particulares,
de grupos empresariales a los que no motiva ningún ideal, como
no sea el de los propios intereses, la gestión de las actividades
que afectan al bienestar de la colectividad. Las viejas áreas
reclamadas por la izquierda como patrimonio de lo público, como
enseña y baluarte que defender frente a la voracidad insaciable
del neoliberalismo económico, van cayendo ante lo que parece
inevitable: los transportes, la enseñanza y la sanidad
Los resultados
de todo esto empiezan a ser significativos, evidentes. No solamente
en aspectos cuantificables, los accidentes de trabajo, sino en algo
útil y difuso, pero igualmente patente, prominente y protuberante:
la pérdida de calidad en la vida social. La cooperación,
ayuda mutua que invoca Kropotkin, cede frente a la lucha sin cuartel,
la falta de escrúpulos en el combate de cada día: es el
triunfo de Hobbes frente a Rousseau. Lo ético, no ya su práctica,
sino su simple mención, parece casi irrisorio. Lo que en los
ambientes católicos de este país se sigue llamando «amor
al prójimo», y que no es ningún sentimiento, sino
una actitud, un comportamiento: la disponibilidad, estar disponibles
cuando alguien nos necesita, ha quedado relegado a los sueños
utópicos de algunos pobres ilusos.
Es la historia
interminable del ser y del tener. Buscamos siempre tener, tener más,
aun a costa de ser, de poder relacionarnos viva y auténticamente
con el mundo. Somos así, y en esta actitud predatoria la favorecen
y la agrandan sistemas como el imperante, una de cuyas manifestaciones
más significativas son estas privatizaciones de que estamos hablando.
Tener,
en la enseñanza, equivale a querer aprobar, no a querer saber.
En las conversaciones, el modo de tener está plagado de reservas
y trampas, y cada interlocutor hace valer ante el otro sus méritos,
sus logros, sus relaciones, y hasta su coche, su casa y su reloj: no
escucha al otro, sólo le oye; en el modo de ser, ambos dialogantes
se basan en que están vivos y en que algo nuevo surgirá
si tiene el valor de preguntar y responder con verdad. En el modo de
tener, la autoridad que se ejercita se basa en la fuerza y la explotación;
en el modo de ser no se dan gritos ni se amenaza o soborna, se ejerce
la auctoritas personal, emanada de la propia personalidad. En el modo
de tener, en fin, el saber consiste en aprender más cosas; en
el modo de ser, en conocerlas más profundamente.
Y el cuadro
se termina recordando que la lucha de la clase obrera comenzó
a declinar cuando en la mayor parte de las casas apareció la
televisión, donde ya no hay programas-basura, casi toda la programación
es basura, destinada a entontecer al personal, viendo Gran Hermano,
o convirtiéndolo al bien, a los «valores» peperinos,
como Operación Triunfo. Antes de empezar a pensar, es preciso
tener ya «buenos pensamientos», no vayamos a fastidiarla.
Bush, Blair,
Aznar o Berlusconi, aparte de tener esa gracia inimitable que los imbéciles
poseen para hacer bellaquerías, no son sino imágenes o
sílabas de ese gran monstruo colectivo que les vota y al que
representan, al mismo monstruo colectivo que votó a Hitler, aplaudió
a Pinochet o despidió al cadáver de Franco. El hombre
prefiere la seguridad, y aun la muerte, a la libertad, a la libertad
de elegir. El hombre, rebelde por naturaleza, sólo se inclina
ante el milagro, el misterio y la autoridad. Por eso lleva tantos siglos
la Iglesia de Roma, y los que llevará.
¿Está
preparada la naturaleza humana para que se prescinda de milagros, de
misterios y de normas autoritarias y se le abandone a su libre arbitrio,
a su libertad, sobre todo en los momentos más solemnes de la
vida, en las crisis más profundas y dolorosas? La última
de las tentaciones del desierto revela un asombroso conocimiento del
ser humano: una vez satisfechas todas las necesidades del hombre sobre
la tierra, una vez calmados sus dolores, su hambre, su sed, aún
precisará algo más para aquietar su espíritu, para
enfrentarse a sus intactos problemas personales: una persona a quien
adorar, alguien a quien hacer donación de su libertad, tan pesada
de sobrellevar, la unión armónica de todos en un hormiguero:
la seguridad, siempre la seguridad. «Vivan las caenas».
Quien inventó ese grito, con que el pueblo recibió y acogió
entre vítores a Fernando VII, era un genio, un genio anónimo,
tan clarividente como el demonio de las tentaciones en el desierto...
Concluyo
con una pregunta que me hago cada día a mí mismo y que
dejo pendiente por si en el coloquio posterior alguien quiere reflexionar
en voz alta sobre su contenido: nosotros, los que estamos en posesión
de este secreto, ¿qué podemos hacer? ¿Qué
podemos hacer los libertarios para traer la libertad a este nuestro
mundo de aquí y ahora?
Joaquín
Rodríguez
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