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La revolución traicionada

Amorós, Miquel: La revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti, Barcelona, Virus, 2003 (Memoria), 444 págs. Precio: 19,00 euros

Sobre este libro, que aborda unos hechos polémicos, ofrecemos dos comentarios: uno, de Olaya; el otro, de Paco Madrid.

Fabulosa maraña

Según el historiador alemán Walter L. Bernecker, «uno de los aspectos más sorprendentes de la revolución social española es su relativo desconocimiento en la investigación internacional». Pero, curiosamente, el mismo fenómeno se repite en la española y por las mismas causas, aunque los autores de la jácara histórica no sean los mismos.

En el extranjero, desde entonces hasta la fecha, ha habido que modular la investigación a fin de servir determinados intereses y ocultar abultadas complicidades poco honorables. En España, a su vez, porque hagiógrafos y limpiabotas de la catadura de Joaquín Arrarás, Manuel Aznar y Ricardo de la Cierva tuvieron por misión servir de portavoces a los vencedores y cubrir de incienso a un siniestro personaje, moralmente homónimo del príncipe valachio conocido en la historia cinematográfica con el nombre de Drácula.

No obstante, casi siete décadas después, cuando creíamos que el tiempo habría permitido que la manifestación de la verdad empezara a permitirnos conocer la realidad de los hechos, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que tirios y troyanos vuelven a desenvainar las plumas para rezumar el mismo corrosivo vitriolo. De debajo de los altares nos sacan a un doctor en filosofía y teología (según dicen) que mano a mano con las checas madrileñas nos ponen a Santiago Carrillo y a José Cazorla como chupa de dómine, pero que, a pesar de su erudición, no menciona ni una sola vez a López de Letona (entre otros). Al contrario, a la izquierda, nos sacan de no sabemos dónde, un guerrillero trasnochado, Miquel Amorós: La revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti, donde, aunque él suponga otra cosa, el título y el subtítulo se prestan a confusión; lo mismo ocurre con el texto.

Desde luego, es de lamentar que de un buen tema, como el escogido por Amorós, se pueda sacar un libro tan mediocre, por esa obstinación que tenemos los españoles en escribir historias de santos desde Santiago y su caballo blanco. Y tanto más, que ello haya sido posible después de haber actuado en los medios anarquistas y llevar treinta años pendiente de la tarea de escribir este guión de película americana, cuando lo único que resalta en el libro es la precipitación en escribir sin haberse documentado antes.

Amorós ni conoce el funcionamiento de la CNT ni, menos aún, su historia. A estas alturas, seguir utilizando el argumento de los plenos celebrados por la CNT y la FAI en julio y agosto de 1936 (confundiendo las fechas además), para referirse a la intervención política (pág. 101), es deprimente, y, entre otras perlas por el estilo, la de que «Federica no perteneción jamás a la FAI ni participó en ninguna de sus actividades» (pág. 195); que las cartas de C., agente de Negrín, quien las hace públicas es F. Piqueras (pág. 212); que Pablo Ruiz «era un anarquista de acción»; que Balius ingresó en la FAI pero no en la CNT (pág. 48); o que Del Barrio era secretario de la UGT (pág. 228).

De hecho, Amorós anda a la zaga de «un nuevo proyecto revolucionario» y se da de bruces con «los amigos de Durruti» y, en particular, con Jaime Balius y Pablo Ruiz, a los que considera como «la inteligencia de la Agrupación» (pág. 169). Sin embargo, García Oliver dice que Balius era «un fanático separatista catalán», que había venido a la CNT de la manita de Liberto Callejas, «en su deambular por Barcelona con gente de lo más raro», y de Ruiz, que era un elemento sospechoso ante el que los compañeros «cortaban la conversación» cuando aparecía por el sindicato.

Sinceramente, creo que García Oliver es excesivamente pasional en sus acusaciones, lo que no evita que Balius no fue nunca anarquista ni conoció lo que eran las tácticas y principios ideológicos de la CNT, como se puede constatar con la simple lectura de los extractos que de sus escritos publica el propio Amorós. En realidad, como a la mayor parte de los historiadores, o supuestos tales, lo que le ocurre a Amorós es que, en lugar de documentarse, imaginan una hipótesis y a partir de ella tejen el texto de sus propias conclusiones, que es una especie de bando invitando a una nueva cruzada, y por ahí no se va más que a Jerusalén.

Mal que le pese a Amorós, Ruiz fue siempre un saco de aire, que vivió continuamente obcecado por los grupos marginales que, frecuentemente, han florecido por los aledaños de la CNT, razón por la que hubo de ser expulsado de la organización confederal en dos ocasiones por motivo éticos. Por lo que respecta a Balius, fue un personaje que empezó a actuar en los medios nacionalistas catalanes de Macià, desde los que saltó al BOC, de Maurín, para terminar aterrizando en la CNT en 1936, y la acusación que se le hace de marxista se justifica precisamente por la influencia que ejercieron sobre él y sobre «los amigos de Durruti», los trotskistas Franz Heller y el francésMoulin.

De cualquier manera, es de lamentar que de un tema tan interesante como el de mayo de 1937, del que Amorós sólo tiene algunos atisbos, no haya merecido por fin un análisis documentado que hubiera permitido al lector adentrarse por los vericuetos que malograron la evolución del proceso revolucionario más grande de todos los tiempos, y conocer la responsabilidad de cada cual. Y ello lo es tanto más si es cierto que Amorós perteneció a la CNT, tras su reorganización pública a partir de 1975, porque entonces hubiera sido la ocasión de exigir información sobre la «gestión moral y material» que los elementos que cita tenían obligación de facilitar, y sobre lo que, en repetidas ocasiones, se habían comprometido a hacer ante la CNT reunida en España.

Ahí está el error.

F. Olaya

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¿Hubo revolución en España?

En este país el estudio de las fuentes históricas nunca ha sido un tema que apasionase excesivamente a los historiadores. Además de ser un objeto de estudio excesivamente farragoso y complicado, tiene la virtud de no conceder al estudioso ninguno de los laureles que se otorgan de ordinario a los brillantes estudios realizados, en la mayor parte de los casos, con una documentación escasa y fragmentaria. Este hecho determina que un investigador que estudia un período concreto necesite comenzar su trabajo por el análisis de las fuentes necesarias para el mismo, estudio seguramente realizado, en mayor o menor medida, por los investigadores que le precedieron. Incluso se llega al absurdo de querer revisar la historia por el sólo hecho de haber encontrado un documento sensacional que en apariencia modifica todas las interpretaciones dadas hasta entonces. Todo ello nos demuestra que los estudios históricos no escapan al vedetismo, a la moda o a intereses aun más inconfesables.

El resultado de esta forma de hacer historia es un puzzle intrincado en el que nos encontramos con interpretaciones muy diferentes de un mismo hecho, apoyándonos en una documentación muy parecida. La crítica histórica navega generalmente por mares procelosos que generalmente no arriban a ningún puerto conocido –a veces ni siquiera desconocido–.

Si nos centramos en un período concreto, como fue la revolución española de 1936, un período corto, pero muy intenso, y por ello una magnífica cantera de la que extraer enseñanzas y un campo de estudio prácticamente ilimitado, el panorama que se nos presenta es todavía más desolador. Como ya se ha dicho tantas veces, posiblemente sea el período sobre el que más tinta se ha vertido en forma de artículos, folletos, libros, además de conmemoraciones, celebraciones, etc., y sin embargo, probablemente sea también el período histórico menos conocido, especialmente por lo que se refiere al movimiento anarquista.

Es evidente que la historiografía «oficial» no va a ocuparse de los problemas históricos que nos planteamos quienes estamos interesados en el estudio de los procesos revolucionarios. Se dedicarán a tareas que estén a la altura de sus inquietudes que no son otras que la justificación del presente, negando las luchas del pasado. Unos se dedicarán a poner en duda el proceso revolucionario, mediante técnicas muy sofisticadas; otros reduciéndolo a sus aspectos violentos, intentando con ello, por otros métodos, lograr los mismos objetivos: negar la posibilidad de la revolución. Además aquellos que apelan al carácter violento de la revolución se parecen sospechosamente al policía que denuncia al manifestante por agresiones porque se ha dislocado la muñeca al golpearle repetidamente con la porra. Incluso empiezan ya a insinuarse –con evidente desprecio de la inteligencia del lector actual– que el triunfo obrero sólo fue posible en aquellas ciudades en las que las fuerzas del orden se pusieron al lado de la república, como fue el caso de Barcelona, Madrid, etc. Una vez más se pretende negar el valor insurreccional del proletariado y su capacidad de respuesta frente a las agresiones del Estado.

Por ello nuestro trabajo histórico no debe basarse en enzarzarnos en inútiles polémicas sobre la violencia, porque eso supone aceptar la justificación que se busca, es decir, que los militares tenían razón cuando se alzaron en armas para hacerse con el control del Estado, que es en definitiva lo que se persigue. Así como tampoco debemos considerar prioritario la contabilización de los muertos que se hicieron desde uno y otro bando. Todo ello trata de ocultar la verdadera naturaleza del problema que para nosotros debe ser la de investigar si es posible una revolución basada en los postulados anarquistas.

En mi opinión ese es el fin que ha movido a Miguel Amorós al escribir su libro, recientemente publicado, La revolución traicionada. La verdadera historia de Balius y Los Amigos de Durruti (1). Recorriendo la trayectoria vital de Jaime Balius, periodista anarquista, el autor se adentra en el análisis de las causas que motivaron el fracaso de la revolución y la consecuente derrota. Los problemas que Amorós aborda no son nuevos, desde luego. Ha habido trabajos anteriores que ponían el acento en esos mismos problemas, con enfoques muy diversos, pero en este caso el autor ha dispuesto de una documentación que hasta hace algunos años era imposible, o muy difícil, consultar. Y en mi opinión una gran parte de esta documentación –muy valiosa para analizar el proceso revolucionario– debería haber sido ya editada y puesta a disposición de los investigadores.

Las cuestiones que se plantearon a los revolucionarios, inmediatamente después de ser aplastado el golpe de Estado de los militares, eran principalmente el poner en pie una industria de guerra, inexistente antes del golpe, transformando para ello algunas industrias en manos ya de los obreros en armas. Apoyar una economía colectivizada –tras el abandono de las fábricas por sus dueños y la mayor parte de los técnicos– y establecer la necesaria coordinación para que esta economía –con matices revolucionarios– no se hundiera en el caos. Pero lo más importante era intentar la formación de milicias que recuperasen los territorios que habían quedado en poder de los sublevados y asegurar el funcionamiento de los servicios esenciales en la retaguardia. Todo esto se consiguió, con sus errores y aciertos de todo punto lógicos dadas las circunstancias, en los primeros días, lo cual demostraba, sin género de dudas, el alto grado de preparación de los anarquistas.

Lo que sucedió a continuación, casi inmediatamente después del triunfo obrero en las calles, es lo que importa. Dejar en pie un Estado, aunque sólo sea como fachada decorativa frente a la opinión internacional, era una espada de Damocles y esto los anarquistas lo sabían por experiencia y por las cicatrices de sus carnes. En mi opinión, ese es el inicio de un proceso lento, pero inexorable, de recuperación de los poderes del Estado; apelar a que las circunstancias internacionales eran desfavorables para llevar la revolución a sus últimas consecuencias, como justificación de esta decisión, no sirve para demostrar nada ni tampoco para enriquecer nuestro conocimiento, porque en cualquier circunstancia que estalle una revolución, las condiciones políticas internacionales serán siempre desfavorables.

Lógicamente la misión del Estado –completamente desmantelado tras el frustrado golpe de Estado de los militares– sería la de recuperar paulatinamente sus competencias, especialmente en las materias que más le interesaban: la represión. Así debía convencer de la necesidad de un ejército profesional que sustituyera a las –según ellos– desorganizadas milicias: ¿las sospechosas derrotas de los primeros meses, se inscribe en este proceso? Procurar retomar el poder de la calle en manos de las patrullas de control: ¿la represión indiscriminada forma parte de este proceso? Y así sucesivamente hasta conseguir el poder total que al mismo tiempo suponía necesariamente la derrota, ya que la oposición al golpe militar se había hecho desde las organizaciones proletarias y no desde el Estado.

Las Brigadas Internacionales –cuya heroicidad nadie pone en duda– fueron, en mi opinión, la base material para la reconstrucción del «ejército popular» y uno de los fundamentos principales del poder del Partido Comunista, además del suministro de armas soviéticas directamente controladas por este partido. Si mi opinión es correcta, paradójicamente las Brigadas Internacionales se habrían convertido en la punta de lanza de la contrarrevolución estatalista y estalinista.
En líneas generales –salvo hipótesis más osadas o interpretaciones abusivas– todo esto es bien conocido. El problema reside en los factores que contribuyeron a convertir a una parte del movimiento libertario en cómplice inconsciente de todo este proceso. Uno de ellos fue sin duda la burocratización de la organización denunciada en reiteradas ocasiones no sólo por Balius y la Agrupación de los Amigos de Durruti, sino también por otros militantes de probada solvencia, como Camillo Berneri o André Prudhommeaux. A este propósito decía Berneri en una carta a su familia: «Es cierto lo que dices: la mayoría te aprecia porque saben que tienes un cierto prestigio [...] Aquí, porque he renunciado a determinados cargos, me consideran caído en desgracia. Piensan en esto aquellos que intrigan para fabricarse un nicho. Es increíble la cantidad de pequeños oportunistas que están entre nosotros» (2).

En definitiva, el trabajo de Miguel Amorós ha consistido en analizar este proceso de continuas renuncias que desembocaron en los hechos de mayo y en el desastre final. Desde luego la polémica está servida, pero creo que no tanto por los problemas que plantea y el análisis que elabora de los mismo, sino por haber escogido para ello un personaje muy controvertido –en mi opinión injustamente olvidado– y una organización que fue asimilada al trotskismo por las fuerzas de la reacción, tesis que sería luego recuperada por algunos anarquistas para tratar de desprestigiar las justas críticas que hacían al desarrollo del movimiento libertario. En efecto, Jaime Balius militó en las filas de Estat català en los años veinte, pero con el advenimiento de la república su acercamiento al anarquismo resulta incontestable. Por otro lado, la acusación de trotskismo a la Agrupación es completamente infundada y fue empleada por los comunistas para justificar la represión al POUM. Precisamente para explicar el asesinato de Camillo Berneri, el órgano oficial del Partido Comunista Italiano, editado en París, Il Grido del Popolo afirmaba con cruel cinismo: «Camillo Berneri, uno de los dirigentes del grupo de Los Amigos de Durruti, que, reprobado por la misma dirección de la Federación Anarquista Ibérica, provocó la insurrección sangrienta contra el gobierno del Frente Popular de Cataluña, ha sido ajusticiado por la Revolución democrática, a la cual ningún antifascista puede negarle el derecho de legítima defensa» (3).

Estoy firmemente convencido de que la crítica constructiva no sólo es necesaria, sino completamente imprescindible y que los anarquistas no debiéramos tener miedo a la misma. El ocultamiento de determinados hechos no puede beneficiarnos en absoluto y aunque se derrumben todos los mitos existentes, nuestra obligación es plantearnos los problemas a plena luz del día, porque cuando la defensa de una organización es más importante que la defensa de las ideas en las que ésta se sustenta, el fracaso está asegurado. Además, creo que muchos de los problemas a que se enfrentó el exilio libertario y más tarde la denominada transición española estuvieron provocados por esta falta de claridad y un debate serio sobre determinados problemas vitales para nosotros.

En resumen, un libro que debe ser tenido en cuenta y leído con especial atención. No conozco la mayor parte de la documentación que maneja, pero son sin duda fuentes de primera mano y el aparato crítico que adopta me parece bastante correcto.

Paco Madrid

Notas
1. Barcelona, Virus, 2003, 444 páginas

2. Pensieri e battaglie, París, (1938), páginas 260-261.

3. 20 de mayo de 1937



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